viernes, diciembre 23, 2005

Mani

Patrick Leigh Fermor, Mani. Travels in the Southern Peloponnese, Nueva York, Harper & Brothers Publishers, 1958, pp. 4-5, relación diacrónica de los extrañísimos nombres (para nosotros, claro, no para PLF) de los pueblos que han habitado el solar de la Hélade con sus “Odyssean ramifications”, una “inexhaustible Pandora's box of eccentricities” que evoca la enumeración homérica de los pueblos que iban a enfrentarse en el campo de batalla ante los muros de Troya por Helena, taeterrima belli causa.

“I thought of the abundance of strange communities: the scattered Bektashi and the Rufaya, the Mevlevi dervisches of the Tower of the Winds, the Liaps of Souli, the Pomaks of the Rhodope, the Kizilbashi near Kechro, the Linovamkir -crypto-Christian Moslems of Cyprus- the Dönmehs -crypto-Jewish Moslems of Salonika and Smyrna- the Slavophones of Northern Macedonia, the Koutzo-Vlachs of Samarina and Metzovo, the Chams of Thesprotia, the scattered Souliots of Roumeli and the Heptanese, the Albanians of Argolis and Attica, the Kravarite mendicants of Aetolia, the wandering quacks of Eurytania, the phallus-wielding Bounariots of Tyrnavos, the Karamanlides of Cappadocia, the Tzakones of the Argolic gulf, tha Ayassians of Lesbos, the Francolevantine Catholics of the Cyclades, the Turkophone Christians of Karamania, the dyers of Mt. Ossa, the Mangas of Piraeus, the Venetian nobles of the Ionian, the Old Calendrists of Keratea, the Jehovah's Witnesses of Thasos, the Nomad Sarakatzáns of the north, the Turks of Thrace, the Tessalonican Sephardim, the sponge-fishers of Calymnos and the Caribbean reefs, the Maniots of Corsica, Tuscany, Algeria and Florida, the dying Grecophones of Clabria and Otranto, the Greek-speaking Turks near Trebizond on the banks of the Of, the omnipresent Gypsies, the Chimarriots of Acroceraunia, the few Gagauzi of eastern Thrace, the Mardaïtes of the Lebanon, the half-Frankish Gazmouli of the Morea, the small diasporas of Armenians, the Bavarians of Attic Herakleion, the Cypriots of Islington and Soho, the Sahibs and Boxwallahs of Nicosia, the English remittance men of Kyrenia, the Basilian Monks, both Idiorrhythmic and Cenobitic, the anchorites of Mt. Athos, the Chiots of Bayswater and the Guard's Club, the merchants of Marseilles, the cotton-brokers of Alexandria, the ship-owners of Panama, the greengrocers of Brooklyn, the Amariots of Lourenço Marques, the Shqip-speaking Atticans of Sfax, the Cretan fellaheen of Luxor, the Elasites beyond the Iron Curtain, the brokers of Trieste, the Krim-Tartar-speaking Lazi of Marioupol, the Pontics of the Sea of Azov, the Caucasus and the Don, the Turcophone and Armenophone Lazi of southern Russia, thre Greeks of the Danube Delta, Odessa and Taganrog, the rentiers in eternal villaggiatura by the lakes of Switzerland, the potters of Syphnos and Messenia, the exaggerators and the ghosts of Mykonos, the Karagounides of the Thessalian plain, the Nyklians and the Achamnómeri of the Mani, the little bootblacks of Megalopolis, the Franks of the Morea, the Byzantines of Mistra, the Venetians and Genoese and Pisans of the archipelago, the boys kidnapped for janissaries and the girls for harems, the Catalan bands, the Kondaritik-speaking lathmakers of the Zagarochoria, the Loubinistika-speakers of the brothels, the Anglo-Saxons of the Varangian Guard, ye olde Englisshe of the Levant company, the Klephts and the Armatoles, the Kroumides of Colchis, the Koniarides of Loxada, the smugglers of Aï-Vali, the lunatics of Cephaolonia, the admirals of Hydra, the Phanariots of the Sublime Porte, the princes and boyards of Moldowallachia, the Ralli Brothers of India, the Whittals of Constantinople, the lepers of Spinalonga, the political prisoners of Macronisos, the Hello-boys back from the States, the two pig-roasting Japanese ex-convicts of Crete, the solitary negro of Canea and a wandering Arab I saw years ago in Domoko, the Chinese teapedlar of Kolonaki, killed in Piraeus during the war by a bomb -if all these, to name a few, why not the crypto-Jews of the Taygetus?”

jueves, diciembre 22, 2005

Introibo

El ángel de Compostela, como un heraldo, me anuncia una nueva joya. La editorial Palabra ha publicado este año la biografía de Ronald Knox de EW. Y con qué presentación: “sobre un converso, experto en lenguas clásicas, autor de novelas de detectives y de una gran traducción del Nuevo Testamento y que tanto me ayudó con sus libros de espiritualidad”. Lo buscaré y lo leeré, y no cometeré esta vez el error del otro día en Moyano (bueno, en el avatar topográfico actual de la Cuesta de Moyano) al no comprar la edición en Sudamericana de Helena.

Morire necesse est

Transcribo verbatim el último capítulo de la primera parte de las memorias de Jesús Pardo de Santayana, Autorretrato sin retoques, Barcelona, Anagrama, 1996, p. 428. Un artículo leído en una estación de tren en el Barbaricum propició que yo descubriera aquel libro y a su autor. Qué suerte tuve.
Morire necesse est, vivere non est necesse, pudo haber escrito Virgilio.
Ésta fue la más oportuna de mis varias muertes, y de la que mejor y más prontamente resucité.
Si la vida fuese simple preparación para la vejez, y ésta su digestión, la muerte sería su excremento.
Esto haría de la muerte brevísima plenitud de vida: sólo el instante mismo de morir, porque al muerto la muerte ya le ha pasado.
Lo malo es que no es así: la muerte termina en vejez, su caricatura; la vejez en muerte arbitraria, que es borrón sin cuenta nueva. Y la razón, acuciada a decir la verdad, confiesa no ver justicia en esto.
Nunca recuperamos el tiempo: es el tiempo, entidad emisora de nosotros mismos, el que nos recupera, resumiéndonos en él, de modo que se da la paradoja de que nuestra inmortalidad es inevitable, pero al precio de desaparecer en el tiempo.
Así medita el citabilísimo Ezra Pound al final de su último canto pisano:
If the hoar frost grip thy tent
thou shalt give thanks that night is spent.

¿A quién hay que dar las gracias?
No a mí mismo, ciertamente, por ser sayón de mi verdugo, que es el tiempo.
Ni al tiempo, ni al verdugo del tiempo, si lo hay.
Ni a Dios, cuya única excusa es no existir.”

De dono

Por pura serendipia me topo de bruces con la maravillosa bitácora del filológo Gabriel Laguna. La primera entrada que leo, titulada somnus, es magistral. Agradecido eternamente por la mina de oro que acabo de encontrar, pienso con alegría en las singladuras que haré en este nuevo ponto.

De semejante regalo, por asociación, dos recuerdos dantescos:

1.- Unos versos de la Antología Palatina (IX, 577) en la página de cortesía de mi Commedia de la editorial Ulrico Hoepli, citados por Sinesio de Cirene en su opúsculo De dono.

2.- Inferno, XXVI, 118-120
Considerate la vostra semenza:
fatti non foste a viver come bruti,
ma per seguir virtute e canoscenza
La Universidad de Princeton pone a nuestra disposición el texto completo, recitado en italiano por el profesor de Harvard Lino Pertile.

martes, diciembre 20, 2005

Imperium sine finibus

Este fue el título de la glosa que ayer le escuché a Jesús Pardo acerca del artículo de Jon Juaristi del domingo: “Horizontes”. Reproduzco el primer fragmento del texto, porque es de antología: “A los otomanos alguien les había profetizado que la guerra contra el infiel terminaría cuando lograsen conquistar una misteriosa urbe de occidente que llamaban kizil elma, la Manzana Roja. Lo malo es que creían ver sus cúpulas encendidas cada atardecer, cuando el sol se ponía. Conquistaban ciudad tras ciudad, pero ninguna era la meta prometida. Caían Constantinopla, Belgrado, Budapest y la Manzana Roja resplandecía más allá, en el crepúsculo inalcanzable. Los ghazi, guerreros turcos de la fe, se ganaron así el nombre de Señores del Horizonte, por su infinita persecución de una fortaleza en huida perpetua.”

Sobre la marcha, Jesús Pardo, auténtica enciclopedia británica semoviente, soltó su parrafada. Aunque ya debería estar acostumbrado a sus prodigiosas digresiones sobre historia de Roma, esta vez fue algo especial. Título de la ponencia: “Imperium sine finibus”, traducción bastante libre al latín del último sintagma del texto que más arriba he citado del memorable artículo de Jon Juaristi, “una fortaleza en huida perpetua”. El lugar: el salón de la casa-biblioteca de Alejandría de Jesús y Paloma, al fondo, observando sus palabras los tomos verdes (clásicos griegos) y rojos (clásicos latinos) de la colección Loeb y las inconfundibles tapas azules de la Biblioteca Clásica de Gredos, las tres series (cientos de volúmenes) completas, salvo, creo, un volumen de los diálogos de Platón o de las obras de Sinesio de Cirene que está agotado y no logra encontrar. Intento citar de memoria:

“Eso que me acabas de contar me hacer recordar uno de los principios más cronorresistentes de la doctrina militar romana, el Imperium sine finibus, que estuvo vigente desde el despegue imperial de la república romana durante las guerras púnicas hasta Marco Aurelio, el emperador que ya no lo pudo poner en práctica por agotamiento material de las estructuras económicas y por ende militares del Imperio. Consistía grosso modo en considerar la última frontera como un mero respiro en el camino hasta la siguiente conquista: Caledonia, Germania Interior, Mesopotamia, Arabia, Mauritania, Dacia, etc. Un principio anejo a esta doctrina consistía en que no se permitía acercarse, salvo con expresa autorización, a los germanos a menos de 50 kilómetros de los limina del Imperio. Toda trasngresión de esa pauta era considerada por los romanos como casus belli que culminaba con una expedición punitiva para hacer trizas a los bárbaros. En el momento que el Imperio tuvo que renunciar a ese sistema de disuasión (Adriano había abandonado algunas conquistas de Trajano, pero fue Marco Aurelio quien tuvo que renunciar a la expansión sin límites y a los ataques preventivos más alla del limes) comenzó a cavar su propia tumba, pues a partir de entonces la iniciativa fue ya hasta el final de los bárbaros.”

Sic transit gloria Imperiorum. Sigo pensando en las palabras de mi maestro Jesús Pardo, de quien tanto he aprendido y de quien espero seguir aprendiendo. Jon Juaristi -que fue tutor de vascuence de Jesús Pardo cuando éste decidió añadir esa lengua a las más de 17 (sí, 17) que lee y traduce- y Jesús Pardo. No era posible pedirle más a aquella mañana.

jueves, diciembre 15, 2005

Laus Spatae

Todo fue abrir este enlace en la bitácora de Arcadi Espada y sumergirme en una magnífica pieza de eso que los ingleses denominan quest. “¿La fotografia de un payaso en un refugio antiaéreo de Barcelona, entreteniendo a los niños durante la Guerra Civil? Pesquisas”. En términos nabokovianos, creo que estamos ante el latido inicial de una gran novela.

martes, diciembre 13, 2005

Radiophonia Finnica

Increíble, pero cierto. La Radio Nacional de Finlandia tiene un programa de noticias en latín (Nuntii Latini). Aún no he salido de mi asombro y, por lo tanto, no he podido comenzar a disfrutarlo como es debido. Para los que padezcan este tipo de enfermedades, he aquí el enlace en la red.

Barojiana Stirps

La materia barojiana vuelve a rondarme este otoño. El viernes visité con W la exposición sobre Julio Caro Baroja en el Conde Duque (leo que el antiguo cuartel no hace referencia al Conde-Duque de Olivares, como creía erróneamente, sino al III Duque de Berwick y Liria, Conde de Lemos, descendiente de los Reyes de Inglaterra y esposo de una hija del Duque de Alba, cuya familia conservó la propiedad de los terrenos del cuartel hasta 1943).

En el antiguo cuartel al que Don Julio iba a ver los alabarderos de niño, se recuerda al segundo señor de Itzea, cuando se cumplen diez años de su muerte. José-Carlos Mainer ha afirmado que los Baroja constituían un peculiar grupo humano que se apróximaba más a lo que los antropólogos denoniman clan que a lo que entendemos por familia. Esta exposición, al igual que la lectura de las crónicas familiares, como Los Baroja, del propio Julio Caro Baroja, o la Crónica barojiana, de su hermano Pío Caro Baroja, son una excelente introducción al fascinante mundo barojiano. Y, claro está, no podía faltar la lectura de nuevos tomitos de la editorial -familiar, claro está- Caro Raggio: la parte inédita de Desde la última vuelta del camino, titulada La guerra civil en la frontera; o los títulos de la tetralogía del mar: Los pilotos de altura, La estrella del capitán Chimista, El laberinto de las sirenas; o la relectura de Zalacaín el aventurero y El árbol de la ciencia.

“In omnibus requiem quaesivi, et nusquam inveni nisi in angulo cum libro”. El libro del que habla Thomas de Kempis para encontrar refugio en esta nave de los locos para mí siempre será uno de Pío Baroja. En cuanto al rincón, estamos en ello.

sábado, diciembre 03, 2005

Finis Mesopotamiae

El paseo del sábado pasado fue el desenlace de la crónica de una muerte no por demasiado anunciada menos agorera. El pueblo en que W pasó su maravillosa niñez ha muerto. Ha sido sustituido por un pastiche de bloques de pisos, casonas montañesas destruidas por horteras con demasiado dinero y ningún sentido del gusto, y esa enfermedad terminal de las aldeas de antaño que los caciques de hogaño denominan en su infame jerga “equipamientos”. Ella aún alcanzó a ver el canto de cisne de un mundo gocisombresco, de historias narradas en torno al fuego o al telar, de caminos oscuros que había que recorrer con abarcas. El “progreso” acabó con ese mundo de ayer, más pobre que el de hoy en aspectos estrictamente materiales, pero infinitamente más humano y más bello. Sirvan estas pocas líneas de réquiem.

sábado, noviembre 26, 2005

Gradus ad amorem

H sigue como Parsifal su búsqueda; su lema, el consejo de Auden de escuchar la misa en un rito cuya lengua no comprendemos. En Gospodi Pomilui encontramos el siguiente peldaño de su personal y profundamente poético gradus ad amorem, de la irrepetible novela bizantina de su vida. “Bien sabéis de mi pasión por el rito. El Amor es ritual, con sus roces sutiles, con sus símbolos, con miradas como contraseñas, con palabras consagradas, con las repeticiones necesarias.” ¿Por qué habré pensado instantáneamente en los versos de LC:

I walked into this empty church
I had no place else to go
When the sweetest voice
I ever heard, whispered to my soul
I don’t need to be forgiven for loving you so much
It’s written in the scriptures
It’s written there in blood
I even heard the angels declare it from above
There ain’t no cure,
There ain’t no cure,
There ain’t no cure for love
There ain’t no cure for love
There ain’t no cure for love
All the rocket ships are climbing through the sky
The holy books are open wide
The doctors working day and night
But they’ll never ever find that cure,
That cure for love

Quien lo probó, lo sabe.